06 de 2006

La Presidenta está en coma. Desconéctenla

Por: José de Arimetea | Perfil | mail Envía este artículo a un amigo

La Presidenta está en coma. Desconéctenla.’

No recuerdo si leí esa frase en algún lienzo estudiantil o es sólo una mala jugada de mi inconsciente: el perverso resultado de escuchar al mismo tiempo, con el televisor y el equipo de música prendidos simultáneamente en mi dormitorio, el pausado discurso de la ex alumna del Liceo 1, doña Michelle Bachelet Jeria, y una beligerante canción de los Smiths que suelta una arenga bastante similar: Girlfriend In a Coma. (¿O acaso sería tras la alarma de incendio valórico producida por la inopinada propuesta del PS respecto a la eutanasia, hace unas semanas?)
José de Arimetea
Como sea, el contenido del incierto panfleto me hace sentido. Es más, creo que debería extenderse a esa ominosa mayoría (¿totalidad?) de hombres y mujeres vinculados a lo público cuya muerte cerebral exige la inmediata desconexión de las máquinas (o maquinarias políticas) que les insufla vida de manera artificial y voluntariosa.

Sus ideas, gestiones, proyectos, esperanzas y lánguidas voces enseñan el deterioro paulatino, la decrepitud, lo tenue de sus signos vitales. Es el ocaso irreversible de una élite acuciada por la responsabilidad de mantener esa supuesta estabilidad que, por mucho que valga ovaciones en el exterior y una complaciente anuencia dentro de nuestras fronteras, preserva un orden sostenible sólo bajo dictadura o bajo las sombras que ésta proyectaba, con esa amenaza permanente de volver atrás, a los excesos, a la lucha, a la guerra fraticida (algo que suele caracterizarse como ‘período de transición política’, donde el fantasma-promesa de un nuevo golpe militar está siempre presente y es utilizado con oportunismo por todas las partes para impedir la conformación de movimientos sociales).

Sin embargo, cuando pienso en esta casta política moribunda, sin ninguna credibilidad, prestigio ni recursos simbólicos para convencer o seducir a los nuevos votantes, me ocurre algo curioso. Por algún motivo se me viene a la mente una imagen contradictoria a esa situación crepuscular: veo la escenificación de una fiesta burlesca, en la que unos pocos triunfadores (los elegidos de siempre: rubios, bellos, altos, felices por la economía boyante, las súper carreteras, los tratados de libre comercio) celebran día y noche sus indudables victorias económicas pero también, como los borrachos odiosos que son, obligan a celebrar al resto: a los que sólo les toca servir las copas de champaña, faenar los animales que degustan en la cena, poner música para que bailen sin descanso y luego limpiar los vómitos pertinentes a toda partusa desbocada.

Por fortuna, a los hijos e hijas de los sirvientes de esa fiesta descomunal, se les prometió que en el futuro también celebrarían, y acaban de descubrir que la promesa, por supuesto, era falaz. Los estaban educando sólo para continuar la cadena, sólo porque en unos cuantos años debían ser útiles a los vástagos de los patrones, aquellos que también ahora se educan, claro que de otra manera y en otro lugar, sabiendo que tienen su esmoquin listo para ir a la fiesta en cuanto tengan edad suficiente. Y como son jóvenes y todavía conservan cierta arrogancia, piensan que pueden revertir la situación y ser ellos mismos, movilizaciones mediante, quienes se agencien sus propios festejos venideros.

Lo más importante, empero, no es eso. Lo importante es que su sublevación, validada por no esconder una capucha o una molo en sus bolsos roídos (cosa que enfurece y asusta a los eternos celebrantes), y reclamar cuestiones básicas, esenciales, puede lograr que los padres empiecen a hacerse preguntas que hasta el momento forman parte del enorme inventario de tabúes chilenos: ¿y qué pasa si no servimos las copas?, ¿si no faenamos más animales?, ¿si apagamos la música y de paso cortamos la luz?, ¿si no volvemos a restregar el suelo para limpiar sus inmundicias? Y tal vez los padres aprendan de sus hijos inquietos, ambiciosos, que las medidas de presión ayudan a conseguir demandas justas, que las marchas sirven para reclamar aquello que jamás llegaría por la buena voluntad de los políticos (simples custodios de la fiesta imperecedera), que ya no pueden seguir amedrentándolos -como en toda la década anterior- con que a la primera huelga o paro o protesta les echan los perros encima, vuelven los milicos, se manda a la cresta la democracia que tanto costó construir.

Quizás comprendan al fin que éste es el tiempo de quitarse los atavíos de sirviente, quebrar unas cuantas copas y poner otra música, para después hacer que ellos mismos se encarguen de la mierda que esparcieron por el piso con tanta juerga y despilfarro.



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