05 de 2006

Brasil

Por: José de Arimetea | Perfil | mail Envía este artículo a un amigo

La ciudad finge neutralidad y desapego hasta que decidimos signarla con nuestras propias emociones. Una tarde cualquiera escuchamos desde un teléfono celular la noticia de una muerte imprevista. Nos encontramos en una calle ruidosa, abarrotada de vehículos y transeúntes que se disputan un cruce mal señalizado. El impacto nos obliga a detenernos, a cerrar los ojos, a contener la respiración; el entorno desaparece. Segundos más tarde, cuando por fin nos atrevemos a colgar, a volver al mundo, observamos en derredor y vemos con sorpresa cómo las cosas adquieren una consistencia inusitada. Para entonces el embrujo está hecho: el momento se inscribe contra el muro blanco de la memoria junto a ese escenario fortuito, un lugar que antes nos parecía indiferente pero que a partir de ese instante formará parte de un recuerdo devastador. Y en adelante será pertinente que la sinuosa vereda por la cual transitábamos pueda calificarse de bella o triste; que la pequeña terraza de un café que se vislumbra en la esquina nos resulte inhóspita hasta lo aterrador, o bien melancólica y sombría, fantasmal; que los oscuros pasillos de la galería comercial que tenemos a un lado nos sugieran trazos similares a los de una cicatriz todavía abierta, sangrante, laberíntica.
José de Arimetea
Creo que esto es lo que me ocurre con el barrio Brasil.

Desde luego, no ha sucedido nada grave en mi vida con ese telón de fondo. En realidad son puras nimiedades, imágenes que los años se encargan de volver casi incoloras, acentuando arbitrariamente los tonos grises y sepias como en una serie de fotografías en mal estado, descuidadas, de ésas que nadie se tomó la molestia de meter en el álbum de la familia para resguardar el legado de un enemigo perverso y demasiado puntual: el tiempo.

Las imágenes de que hablo me muestran consagrando cinco o seis años de mi biografía a lecturas olvidadas y olvidables, a largas conversaciones en las que se mencionan con idolatría nombres o tesis o notas inconclusas de sociólogos alemanes, a cervezas bebidas en vasos de café y a pitos asesinos fumados en las frías escalinatas que cierran los portales de esos edificios rojos, con fachadas sucias y descascaradas, intervenidas por algún graffiti coherente sólo para el autor y su alegre grupo de amigos, prueba de una merecida barbarie quinceañera contra una ciudad que nos pertenece, que se puede rayar o demoler o habitar como nos venga en gracia.

Pero haber estudiado en una universidad aledaña a la Plaza Brasil me ha permitido no sólo cargar de emociones este barrio amable, sino también atestiguar con algo de escepticismo la manera en que ganó forma y crédito un mito bastante curioso.

Por alguna razón, ciertas voces la sindicaban como el epicentro de un carrete confuso, bohemio y esnob a partes iguales, algo que sólo hace un par de años tuvo un correlato efectivo en la realidad. Los bares, fuentes de soda y pubs que hoy se levantan por montones en este barrio de viejas malhumoradas y moteles baratos, vienen a solventar una fama tan injusta como perseguida por los dueños de estos boliches, quienes han sabido convertir en una empresa rentable los visos más caprichosos de la mitología urbana.

Así, un sector aburrido y postergado ha conseguido transformarse en un eje sobre el cual giran innumerables variantes de la vida santiaguina. En las cuadras que rodean esta plaza -inaugurada hace más de un siglo, el 20 de enero de 1902, con un tributo espontáneo al pueblo que homenajea su nombre-, refulgen con brillos dispares los neones de varios restoranes de comida china, que de un tiempo a esta parte proliferan en cada rincón de la ciudad como una siniestra conjura de dragones milenarios; asimismo, su ambiente heterodoxo y sumiso admite sin problemas a las universidades que ostentan el vago atributo de ser ‘no tradicionales’ al interior de las privadas, por el simple hecho de militar entre izquierdosos, masones o jesuitas; y también han comenzado a edificarse algunos lofts que se alzan como si el entorno consintiera tanta sofisticación, pretensión impugnada por la estética y los materiales utilizados en los juegos de Federica Matta o por el Galpón Fundación Víctor Jara, teatro que alberga de recitales folklóricos a fiestas de colegios particulares.

A esto se le puede sumar un par de cafecitos con onda, alguna buena librería de usados, una Basílica enorme y en permanente restauración, unos almacenes que parecen sacados del archivo histórico de un pueblo perdido, y un puente que en Huérfanos intenta corregir esa profunda hendidura que quiebra a Santiago en dos -con la excusa de alojar una línea del Metro y la Autopista Central-, especie de vaso comunicante entre los grandes edificios del poder en el centro cívico y este sector que aún posee ‘ciertos rasgos, que no es difícil confundir con virtudes’ -como diría Borges- de lo que suele llamarse ambiguamente barrio, esa identidad casi lujosa en una metrópoli que crece y se ramifica al antojo voraz de la industria inmobiliaria.



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