04 de 2006

Dios falso, adoradores crédulos

Por: Wilson Tapia Villalobos | Perfil | mail Envía este artículo a un amigo

Ya es una sentencia. Un juicio inapelable; además, un paradigma. El mercado es el gran derrotero que guía nuestras vidas. Y lo hace de manera perfecta. Es insobornable, responde a las necesidades humanas sin distingos molestos. No tiene otra apetencia que satisfacer la demanda. En fin, una entelequia que no sé por qué no inventaron antes. Pero ya está, la tenemos.

Los neoliberales lo ponen como aditamento indispensable para el mundo globalizado en que vivimos. No son los únicos. Las pleitesías vienen también de quienes -reconociendo que no tienen alternativa que ofrecer- dicen abominar del neoliberalismo o que, al menos, tratan de edulcorarlo. Claro, hay diferencias. Los primeros hablan de economía de mercado. Así, a secas. Los segundos, en cambio, abogan, intrépidos, por imponer la economía social de mercado. Una diferencia abisal.

Cierto, hay quienes se oponen derechamente a este pensamiento único que parece barrer el mundo con vientos embravecidos. Sobre ellos atraen epítetos que se identifican con la vejez, que es lo mismo que decir caduco, en este escenario hedonista que sólo admira lo turgente, lo terso, lo enhiesto, aunque la sabiduría tenga cara arrugada, le pesen bolsa en los ojos y la flacidez sea su símbolo de manejo sobrio de la adrenalina.

El mercado, pues, es lo moderno. El rector adecuado para dirimir toda diferencia. Sin embargo, hay indicios que señalan lo contrario. Demuestran que el mercado ni es transparente, ni soporta las presiones de grupos de poder. Ejemplos en Chile hay muchos. Pero parece que no quisiéramos verlos. O, lo que viene a ser lo mismo, el jabón con que nos lavan el cerebro los medios de comunicación es tan efectivo, que el presidente Ricardo Lagos dejó el poder con cerca del 70% de apoyo popular. Demostración clara de que una mayoría contundente de chilenos cree que el mercado lo beneficia. ¿Será cierta tanta maravilla?

Veamos un ejemplo reciente. El Banco de Chile había organizado una feria tecnológica en la que participarían veinte de las empresas más grandes que operan en el país en esta área, entre ellas, Sony, LG, Sharp, Samsung, HP, Toshiba, todas transnacionales de peso. La novedad, los clientes del Banco podrían comprar cualquier artículo a 12 meses plazos, sin intereses. Eso bastó. Las multitiendas, encabezadas por Falabella, mostraron las garras. Los proveedores, que ya estaban comprometidos bajo contrato para la Feria, recularon. Y el Banco tuvo que dar explicaciones y ofrecer por el fin de semana un sistema similar por cualquier compra de aparatos electrónicos con su tarjeta. Una operación mucho menor de lo que se esperaba en el evento programado en Casapiedra. Y que no deja utilidades al Chile, excepto lavar la afrenta, cuestión que no es menor, ciertamente.

Resulta difícil pensar que trasnacionales tan poderosas como Sony o Samsung se dejen amedrentar por Falabella, Almacenes París o Ripley. Pero si uno examina las cifras, ve que en el mercado las aguas turbias vienen acompañadas de muchos ceros. Mensualmente, Falabella vende algo más de 8 mil millones de pesos en electrónicos. Cifras algo menores aportan las otras tiendas por departamento. Son sumas que, para el mercado chileno, resultan atractivas para cualquier empresa. Sea un monstruo transnacional o un proveedor menor. Claro, con estos últimos ni siquiera se habría necesitado presiones.

La contienda recién comienza y seguramente veremos otros episodios como el descrito. Puede que sea interesante... hasta el momento en que las cosas se sinceren entre los competidores. Nadie va a querer perder de ganar y se pondrán de acuerdo. El único perjudicado será el consumidor. Porque es falso aquello de que en el mercado lo que opera es la competencia. Es falso que los empresarios no entren en el ámbito corrupto de torcerle la nariz a la ley, si es que la hay. O, lisa y llanamente, lleguen a entendimientos lesivos para los ciudadanos. Ha pasado y seguirá pasando. Lo vemos en las gasolineras. El acuerdo entre las empresas es evidente. Las autoridades lo saben. Los consumidores lo saben y todos nos hacemos los lesos. Como si protestar pudiera amenazar la paz que entrega este ícono que es el mercado. Lo constatamos en los aumentos de tarifas en las autopistas, en los precios de los servicios públicos como el agua, la luz, el gas. En los permisos de explotación de recursos naturales, o para la instalación de empresas, claramente lesivos para el medio ambiente.

Uno se pregunta ¿y las autoridades? Es una inquietud justa. Pero cuando la ideología imperante deja todo librado al mercado, pareciera que no hay nada que hacer. Excepto, aceptar que la corrupción está en la otra acera. Ver cómo se desacredita, injustamente en muchos casos, a funcionarios públicos. Ser testigos de la pretensión de achicar aún más el aparato estatal. Un aparato ya pequeño para enfrentar desafíos de grupos que hacen retroceder a transnacionales varias veces más grandes que el propio Estado chileno.

No estamos en el mejor de los mundos. Uno tiene derecho a plantearse la pregunta: ¿En qué quedamos? ¿El mercado es o no transparente? ¿Funciona la tan cacareada libre competencia? ¿O somos sólo los consumidores los que estamos a merced de este artilugio que los empresarios manejan a su antojo?

¿En qué quedamos? En que necesitamos a un Estado que defienda a los chilenos. Con clara conciencia de que primero están los derechos humanos básicos y, después, el derecho de propiedad. En otras palabras, que las autoridades comprendan que el compromiso primordial es con el interés general. No con el crecimiento económico que se concentra en pocas manos.


GranValparaiso.cl



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