La violenta complacencia
Mediando la década de los noventa, David Foster Wallace publicó La broma infinita, obra de más de 1.200 páginas, 200 de las cuales se componen exclusivamente de notas y erratas (Mondadori, 2002). Según nos cuenta Sergio Coddou en un comentario sobre el texto, lo maximalista del volumen inclusive llevó a que una crítica norteamericana se negara a leer tal mamotreto, como explicitó sin visos de vergüenza en la irritada reseña que elaboró del libro.
Traigo a colación esta novela porque me he topado con un título aparecido recientemente, que parece operar bajo una lógica inversa a la que inspira la obra mencionada, y creer en la concisión como un atributo que se impone ante la desmesura, o, en otras palabras, que menos es siempre más. Me refiero a Bonsái, de Alejandro Zambra (Santiago, 1975), editada por el sello español Anagrama el presente año.
Bonsái, primera novela de este crítico literario y poeta (Mudanza y Bahía inútil), cuenta la historia de Julio y Emilia, dos estudiantes que tienen una relación amorosa breve e intensa que marcará el destino de ambos de manera dispar. Dicha pareja justifica la presencia de una serie de personajes borrosos que la voz todopoderosa del narrador hace aparecer y desaparecer a su total arbitrio, bajo un exclusivo criterio que determina si son o no trascendentes para el curso del relato: sus vinculaciones con la pareja protagonista.
La verdad es que la miniatura de Zambra tiene páginas que rondan la perfección. En particular, en las dos primeras partes, Bulto y Tantalia, las constantes e intencionadas repeticiones, la distancia inteligente –en ocasiones también excesiva- que utiliza para describir y enumerar hechos cardinales en la vida de los dos personajes que monopolizan su atención, la engañosa liviandad de una historia común que en los detalles apunta a lo universal, convencen y, sobre todo, conmueven.
En lo central, vemos a dos jóvenes que miran la alta cultura libresca con la misma devoción equívoca y bienintencionada con que algunas remilgadas señoras de dinero observan al Dalai Lama o a Teresa de Calcuta. La literatura como libro de autoayuda, como germen de una verdad total o parcial pero verdad al fin, tal vez la única que están dispuestos a asumir ya que piensan acceder a ella y ser sus nuevos apóstoles. Libros y autores a la manera de fuentes dispensadoras de sentido en una existencia que los abruma por una cotidianidad ramplona, vacua, sucia. Creo que hay un fragmento especialmente lúcido que ilustra a cabalidad lo que intento decir: “Ésta es la historia de dos estudiantes aficionados a la verdad, a dispersar frases que parecen verdaderas, a fumar cigarros eternos, y a encerrarse en la violenta complacencia de los que se creen mejores, más puros que el resto, que ese grupo inmenso y despreciable que se llama el resto”.
Ellos, empero, no son mejores que el resto -o al menos no como suponen o quieren suponer que lo son-, y sus aspiraciones se vuelven más bien torpes intentos por alcanzar una redención erudita que al cabo los conduce al abismo: ella muere atropellada en una calle de Barcelona –producto de una adicción totalmente gratuita, por cierto-; él, se esfuerza en crear un Bonsái, influenciado por un cuento de Macedonio Fernández cuya lectura dicta las pautas del fracaso amatorio que sobrevendrá a la joven pareja.
Zambra mismo, en la presentación del libro, planteó la desmesura del protagonista respecto a su visión de la obra de arte, al narrar detalles de la gestación de una historia que partió como posible poema: "Era la idea -explicó- de alguien que se queda encerrado cuidando un bonsái, algo que para él tiene más sentido que incluso vivir, porque cree que el bonsái es una obra de arte viva".
Si se me permite la digresión, dudo de cualquier persona que sobredimensione las implicancias del arte, en este caso en particular de la literatura. Se puede matar o morir por amor, odio, envidia o cualquier pasión –siempre comprensible, tantas veces abominable- que despierte un otro que nos desarma en su irrevocable diferencia. Hacerlo por autores y libros, sin embargo, es un despropósito mayúsculo. Nada más voluble que un infértil admirador del arte, ése que se preocupa de conocer las películas, libros, canciones que disfruta el resto sólo para restregarles en su cara la inferioridad de sus gustos mediocres. El goce estético como canon ético siempre es peligroso y adolescente, y los personajes de Bonsái parecen despeñarse precisamente por militar en esa causa vacía.
De hecho el mismo autor enseña su desconfianza sobre el asunto: "También es una novela contra la literatura porque esos tesoros que coleccionan los personajes no sirven para nada, porque no consiguen arreglar nada", dice refiriéndose a la multitud de ejemplares, leídos y no leídos, que ostentan una importancia fundamental en la vida de Julio y Emilia.
De todas formas, esta ópera prima de Zambra es más que alentadora. Como dije, el tercio inaugural es de relojero suizo, exacto, precioso, sutil. Adjetivos tomados con pinzas; ironía algo culterana pero nada ingenua o fácil. Bonsái es una obra importante, de relectura asegurada, que obliga a prestar atención ya no sólo a los juicios de este ex crítico, sino también a sus propias hazañas literarias, por lacónicas y enjutas que sean.
Comentarios
si bien comparto con Álvaro su apreciacion positiva de la obra minimalista y eruditosa de zambra, hay que consignar también que la critica favorable unanimemente siempre trae consigo ciertas suspicacias ineludibles. Me refiero, en especial, a la critica del amiguismo descarado como la de Mao en de clinic. Penca, por decir lo menos. Eso era barra, no critica o analisis o simple comentario. Y el asunto se agrava su además le sumamos los palos gratuitos a otros escritores, como Contreras. Esas peleas a lo de rokha y neruda y huidobro, esas diatribas gremiales, esas huevadas ridiculas de hacer camarillas para ensalzar a algunos en demérito de los demas, es patetica. Una cosa es no tener pelos en la lengua al momento de evaluar novelas y cuentos, como Bolaño, pero otra es inventar "bandos" de la buena literatura, contra el bando de la mala literatura, como intentan ponerlo estos señores tan dueños de la verdad. Lo cierto es que la novela de zambra es excelente, y causó el impacto que debía en un medio mediocre como el nuestro, pero es su primera novela. Hya que ser sensatos, maduros, y no endiosar a buenos escritores porque terminarán sacándose la reberenda chucha desde el pedestal que lo subimos a la fuerza, solamente para que desde altura nos funja como sus amigos.
saludos pa alvaro y los demas
grande foster wallace, es prejuiciado por ser ambicioso y renovador
A mí me parecio mas debil la crítica que le hacian a Bonsai en lun, la de clinic me parecio elogiosa y normal,el libro es bueno y eso hay que decirlo, lo que me da risa (vieron el diario siete?) es lo mal que lo han llevado contreras, gomez y otros chicos del monton. me da la impresion de que no confian en sus propios libros pues se lanzan contra zambra en mala, muy en mala, mostrando la hilacha heavi .
ojala toda este bullanga sirva para que más gente lea bonsai. Si después zambra se manda una segunda novela mala, diremos que es mala, pero esta es buena-buena, y eso hay que decirlo. si fontain talavera hubiera publicado uno de sus novelones en una editorial con la mitad de prestigio le hubieran hecho una comilona a todo ritmo sus amigos de la dehesa. Y a zambra, que es morenito y de maipú, más lo han molestado que otra cosa.
la unica hueá lokkkka es ver una entrevista a la guefelbein. ayer la cache en 'lo que ellas quieren' un programa de zona latina de entrevistas puras minasy era para la risa esta escritora exitosa, contaba que la estaban traduciendo a no sé cuantos idiomas, y su vida cercana a nemesio antunez o a los altamirano (es casada con carlos, como marcela serrano o diamela eltit que se aseguran politicos que les consigan premios).
pero lo que hablaba era muy divertido, parecia hueveo, en serio, una estupidez increible, simplona más que la rocio marengo, ahueoná la mina, pero muy sofisticada, delgada, con mundo. igual un asco
Conversabasobre el libro “Bonsái” en un bar con un escritor, que me decía que le había parecido muy bien. Le repliqué que sólo había leído el primer párrafo en una librería y que encontraba peligroso terminar ese primer párrafo con “El resto es literatura”. Porque eso invitaba a no seguir leyéndolo.
Luego, recordé que, cuando la escritora Cynthia Rimsky se fue de vacaciones este año, encargó su bonsái a un amigo. Desgraciadamente al amigo se le secó el bonsái. El escritor dijo que en el libro de Zambra aparecía una interesante definición de bonsái: “Un bonsái consta de dos elementos: el árbol vivo y el recipiente... Un bonsái nunca se llama árbol bonsái. La palabra ya incluye al elemento vivo”.
Con los días, me leí “Bonsái”. El cronómetro de mi celular marcó 58 minutos al finalizar mi lectura que, a todo esto, fue hecha en la sala de espera de un ginecólogo y aguardando mi almuerzo en un restaurante.
Al terminar, recordé una conversación sostenida con Zambra y con otro poeta, cuando él vivía en un cité de Dardignac. Zambra aseguraba que había que apoyar a Rafael Gumucio. Pregunté por qué y recibí un porque era el tiempo de Gumucio.
Por eso, la sensación que me queda es que, tal como hace tres años era el turno de Gumucio, ahora es el turno de Zambra. Suena un poquito raro que la carrera de los actuales escritores sea una carrera de postas. Fuguet le entregó el bastón a Gumucio y éste a Zambra.
Pero no todo puede ser extraliterario, así es que mejor hablemos someramente de “Bonsái” y de sus premisas o aciertos. Zambra tiene un don innegable para la narrativa corta. Quizá por su oficio de poeta. Pero también su lenguaje es claro, directo, sencillo, complejo y hasta entretenido en partes. Pero pese a lo que se ha dicho, "Bonsái” no es un libro profundo, ni tampoco una propuesta innovadora.
Zambra se asegura con una propuesta que conoce: el oficio de crítico literario. Por su libro, desfilan títulos, autores y citas. Sin embargo, habría que aclararle al autor que la literatura es más que un desfile de títulos. Eso bien lo sabía Adolfo Couve.
Por último, quisiera echar mano a la frase que el escritor me recitó. Si “la palabra [bonsái] ya incluye al elemento vivo”, en el libro de Alejandro Zambra esto no se ve, no está presente, porque no remece ni conmueve. Y si ese elemento no está, el libro está seco, muerto, aunque su recipiente (la editorial Anagrama) dé envidia. Tanta que todos quisiéramos estar en él.