04 de 2006

El trabajo

Por: José de Arimetea | Perfil | mail Envía este artículo a un amigo

Cuesta entender que siendo niños se nos diga con majadería que dar dinero a un mendigo alimenta la flojera de un alcohólico que se niega a cumplir horarios y esforzarse como las personas de bien, pero que Alberto Hurtado sea elevado a categoría de santo por acogerlos sin pedir explicaciones ni obligarlos a inscribirse en un portal de empleo.
Arimetea
En un mundo donde cualquier doctor en economía se transforma inmediatamente en oráculo, capaz de explicar todos los errores del pasado y descifrar las claves del futuro con la misma lógica interesada y salvaje, no llama la atención el lugar preponderante que ha venido a ocupar una ética que instala al trabajo como su máximo valor, acaso el único indispensable en una axiología dominada por signos numéricos incomprensibles para el común de los mortales.

El sociólogo Max Weber denunció, en los albores del siglo pasado, el impúdico affaire entre el protestantismo y el espíritu del capitalismo, la consecuencia inadvertida de quienes trabajaban con esmero sólo para glorificar a Dios y veían en el éxito económico no una recompensa terrena sino una prueba indiscutible de ser los elegidos. Pero como el mismo autor supo colegir en su día, cuando el capitalismo está consolidado los principios puritanos dejan de ser forzosos, y el sistema comienza a replicarse a sí mismo sin necesidad de promover una dudosa salvación post mortem producto de la predestinación y el mortificado ascetismo en vida.

La verdad es que a nadie puede impresionarle que hoy la misteriosa dignidad que confiere el trabajo escape al ámbito estrictamente religioso. Es, por el contrario, una curiosa redención laica, algo que de alguna manera condena y justifica nuestro breve paso por la tierra, como si la inaprensible esencia humana tuviera una oscura correspondencia, intrínseca y determinante, con los índices de productividad del país -bastante magros en Chile, por lo demás.

De hecho a estas alturas la Semana Santa, inexacta conmemoración de la Iglesia Católica por la muerte de Cristo, es una pausa en nuestras obligaciones hecha un poco a la fuerza. Aun cuando nuestros empresarios sean pechoños inmoderados, buenos para la misa diaria y los retiros espirituales y los viajes a Roma, además de comedidos aportadores monetarios a la labor eclesiástica -tanto evangelizadora como social-, sabemos que gustosos borrarían ese número rojo que entinta el calendario. Pese a que las familias tradicionales chilenas no son calvinistas, es posible escucharlas reclamar por el número de festividades de origen religioso que manchan con sangre el enlutado calendario laboral, de costumbre apoyados en cifras que describen las catastróficas pérdidas que significan para el país que los trabajadores pasen un día más con su familia.

No obstante, no es sólo la religión la que le ha dado una mano al trabajo para entronizarse como eje secular al interior de nuestras sociedades. Por muy extraño que suene, el marxismo ha hecho lo suyo, como pensamiento que acomete una vindicación extrema del trabajo en el devenir histórico.

En la filosofía de la sospecha elaborada por Marx, refulgen con brillo propio conceptos tales como exteriorización, enajenación, alienación y reificación, todos referidos a la relación productiva del hombre con su entorno. Esquemáticamente podríamos decir que la primera de ellas, la exteriorización, es una noción hegeliana que se une a la enajenación como procesos irreductuible y necesarios que acompañan toda acción histórica de dominio frente al mundo, las que permiten al sujeto modificar la naturaleza en un movimiento que también lo modifica a él y le significa una pérdida. Con el advenimiento de las nuevas relaciones de producción estudiadas por Marx (el capitalismo), surge la alienación, donde el resultado del trabajo ya no pertenece a quien transforma el objeto: lo producido entonces se alza como diferente y es propiedad de un otro, al ser comprada la fuerza de trabajo. De ahí deriva el concepto de reificación o cosificación, al convertirse al trabajador –y al trabajo mismo- en mercancía, lo que hace al hombre inesencial, secundario.

De esta forma el marxismo, al definir la historia a partir de los modos de producción, ubica al trabajo sobre un llamativo pedestal, haciéndolo a tal grado un factor decisivo que inclusive un nuevo estadio de la humanidad se establece al comprarse la fuerza de trabajo, clave que también ilumina la viabilidad de su superación al suprimir la obtención de plusvalía.

Pero no todo es subrepticia propaganda a favor del trabajo. A mi juicio, una de las formas de oposición más enconada y astuta que se ha desarrollado en su contra, tuvo el mérito –instintivo, de alguna manera también obligatorio- de valerse de un singular terror que nos invade en la adolescencia, ese período de gozne en que la proximidad de acabar los estudios para ingresar al mundo adulto nos paraliza pues ello significa, en resumidas cuentas, precisamente comenzar a trabajar. Me refiero al punk, con sus líricas ramplonas y sus guitarreos monótonos incitando a la dilapidación del tiempo en menesteres poco edificantes. No habló aquí, desde luego, del llamado anárquico de Sex Pistols ni de la abrumadora pontificación de The Clash –por central que sea esta última banda-, sino de esa abulia desfachatada y perezosa que emergía de los Ramones y sus melodías asombrosamente simples, compuestas en general de puras quintas y un one-two-three-four inaugurando cada pieza de dos minutos. Esa inercia total, el cigarro entre los dedos mientras ‘sacan’ una canción que no requiere mayores destrezas o aptitudes, con los jeans gastados y la polera rota, las zapatillas de caña tipo Converse y la lúcida convicción de que ver televisión con los amigos siempre será mejor que levantarse temprano para ir a trabajar.

Aunque a primera vista pueden parecer inofensivos, sus ideas son muchísimo más lacerantes para el sistema que la Escuela de Frankfurt o un siniestro atentado islámico. La actitud adolescente, producto del ocio que permite cierta edad -lujo que tarde o temprano se pierde- puede horadar las bases del discurso oficial como ninguna ideología. Sus demandas son reducidas, básicas: lo único que reclaman para sí, es el derecho a no hacer nada; no quieren surgir en la vida ni ser respetados ni obtener postgrados en universidades prestigiosas ni cumplir metas o alcanzar sueños ni entender de literatura o cine o música –a excepción de los acordes frenéticos del desaparecido Johnny, por supuesto-; su nihilismo vital, cotidiano, irreflexivo, es de una radicalidad alarmante: ni siquiera cometen la estupidez de intentar cambiar el mundo, como los anarcos europeos –ahora reconvertidos en santurrones globalifóbicos- que en su tesón emancipatorio terminan hablando la misma lengua que sus adversarios, una lengua abarrotada de valores, esperanzas, certezas. Los Ramones, en cambio, con su holgazanería mongoloide a lo Beavis and Butt-Head (ese idiotizado par de niños que pasaban horas y horas riéndose de los video clip que trasmitía la televisión, medio drogados en algún suburbio norteamericano), sólo reivindican la esencia voluptuosa, juerguista del vago: alguien sin otro interés que pasarlo bien, estar el día entero tendido en la cama viendo programas aburridos, tomando cerveza, masturbándose y pirateando álbumes que invariablemente se escuchan mal; es decir, la antípoda de aquel domesticado ciudadano que cree que el trabajo lo dignifica.

Pero es prudente volver al tema que incitó estas digresiones, a los mendigos y la apremiante censura que padecen por el simple hecho de no ‘dignarse’ a trabajar. Supongo que hay un asunto de fondo que alimenta ese público desprecio: a alguien debemos echar la culpa de un sistema que nos define según nuestro ‘precio de mercado’. El vagabundo, el menesteroso que enseña su mano sucia y anhelante a la salida de una iglesia o en las escalinatas del metro, es un espejo donde vemos reflejada una existencia laboriosa cuyo valor –de común injusto, abusivo- se taza al arbitrio del mercado laboral. Demás está decir que nuestra felicidad, vacaciones, estudios, vivienda y pensión durante la vejez, están íntimamente relacionados al trabajo que nos tocó en suerte realizar en nuestra edad productiva. Por algún motivo, las habilidades y competencias laborales articulan todas las demás esferas de la vida, como si éstas no fueran más que complementos a nuestra verdadera, única e intransferible misión: trabajar. Y por eso odiamos y envidiamos al mendigo y su alegre gratuidad, la gracia que lo mantiene en pie, que lo alimenta y viste tal como ocurre con “los lirios del campo, que ni trabajan ni hilan”, si deseamos acudir a los versículos de un Evangelio.

La radicalidad del mendigo es atractiva. Es más, creo haber escuchado alguna vez que un importante poeta romántico reclamaba a este obsceno personaje como Sujeto histórico. Y sin duda podemos reconocer allí una disconformidad e insolencia de la que hoy en día carece el viejo proletariado, premunido como está de tarjetas que posibilitan su consumo y endeudamiento, y por ende inhiben cualquier acción que ponga en riesgo la precaria estabilidad material que han conseguido. En el mendigo, por el contrario, se vislumbra una modalidad revolucionaria y brutal de la disidencia, del cambio y la ruptura. Por desgracia, en ese exceso también se encuentra el abismo: su altanera distancia con un orden al que no han podido o no han querido ingresar, trae las huellas del castigo que el sistema depara a los díscolos y a los traidores.



Comentarios

bonito pensar al mandigo como Sujeto Histórico

son poesía en movimiento, emancipación en las esquinas, mariposas libres de contaminación

discurso (religioso, político) hecho carne


Escrito por: carmen's en Apr 17, 06 | 5:04 pm

Cuando leo lo que el comentarista dice sobre los empresarios y la Semana Santa, pienso que en realidad ellos han debido elegir siempre entre dos dioses, y han optado por el más nuevo y fuerte de ellos. Y no deja de ser coherente. El dios dinero les permite agasajar al otro Dios, además les paga el colegio católico a su docena de hijos, les compra un pedacito de cielo con sus contribuciones en efectivo o por vía de preservar, fácticamente, valores como la supuesta defensa de la vida cuando se oponen al aborto o la eutanasia, o la suspuesta defensa de la familia cuando taponean una miserable ley de divorcio.

Y creo también que a la derecha económica le conviene el discurso 'social' de la Iglesia, ya que la limosna limpia la conciencia pero sobre todo no pone en cuestión el modelo sino da asistencia para que los hambrientos no griten. Las Fundaciones de caridad vinculadas a la Iglesia le hacen un flaco favor a los pobres, porque dejan como santos a los ricos que las fundan, mantienen y operan (con bien buenos sueldos, por lo demás), obliga a los pobres a ser agradecidos con los que les dan ayuda, y nadie reclama por la distribución del ingreso ya que hay chorreo en estas limosnas a los pobres.

[b]JAIME CARRASCOOL SANTIAGO[b/]


Escrito por: carrascool en Apr 19, 06 | 3:34 pm

Me saco el sombrero ante este artículo... es uno de los que más me han gustado de don José. Gracias a él puedo verbalizar un sentimiento que siempre me ha acompañado a la hora de intentar justificar el porqué dar una moneda a un mendigo; es el hecho de que con esa moneda puedo rozar, levemente, el sueño de ser el guardián del último bastión de gratuidad en este mundo, en el que todo acto tiene un precio en dinero.


Escrito por: Julio Ossandón en Apr 19, 06 | 10:47 pm

a los empresarios les gusta ensalzar el trabajo porque de eso dependen sus rentabilidades, es un discurso interesado, los protestantes por ultimo lo hacian por algo menos superficial y interesado


Escrito por: alonso en May 05, 06 | 7:19 pm

los sietejudas relouded


Escrito por: Santiago en May 23, 06 | 10:32 pm

Cuando leo lo que el comentarista dice sobre los empresarios y la Semana Santa, pienso que en realidad ellos han debido elegir siempre entre dos dioses, y han optado por el más nuevo y fuerte de ellos. Y no deja de ser coherente. El dios dinero les permite agasajar al otro Dios, además les paga el colegio católico a su docena de hijos, les compra un pedacito de cielo con sus contribuciones en efectivo o por vía de preservar, fácticamente, valores como la supuesta defensa de la vida cuando se oponen al aborto o la eutanasia, o la suspuesta defensa de la familia cuando taponean una miserable ley de divorcio.

Y creo también que a la derecha económica le conviene el discurso 'social' de la Iglesia, ya que la limosna limpia la conciencia pero sobre todo no pone en cuestión el modelo sino da asistencia para que los hambrientos no griten. Las Fundaciones de caridad vinculadas a la Iglesia le hacen un flaco favor a los pobres, porque dejan como santos a los ricos que las fundan, mantienen y operan (con bien buenos sueldos, por lo demás), obliga a los pobres a ser agradecidos con los que les dan ayuda, y nadie reclama por la distribución del ingreso ya que hay chorreo en estas limosnas a los pobres.

CARRASCOOL


Escrito por: c en May 26, 06 | 3:39 pm
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