Apología del Mall
He observado con bastante curiosidad los spot televisivos que describen el tercer mes del año como un destino agobiante e ineludible para el ciudadano común, una especie de infierno en miniatura poblado de letras impagas, cuentas pendientes, gastos excesivos y estrés financiero, que persigue sin descanso a cualquier persona que dance al ritmo frenético del sistema.

Lo cierto es que la gran mayoría de nosotros padece dolores económicos aterradores durante estas fechas lapidarias. ‘Se nos aparece marzo’ –como dice el hermano Larraín menos detestable y gritón-, algunos también contraemos marzitis y, por mucho que unos patitos digitales lo nieguen, entendemos en los primeros días que ‘marzo está peludo’.
Desde luego los publicistas –como los fieles esbirros que son, justamente, de nuestros principales acreedores- conocen mejor que nadie esta situación. Las patentes, la entrada de los niños al colegio, las onerosas matrículas y colegiaturas de la universidad, las variadas deudas que se acumulan desde enero o febrero producto de las vacaciones, incluso de los regalos hechos en Navidad, describen la clausura ominosa del verano y, junto con ello, de la prodigiosa cualidad que tiene la época estival de transformarnos en consumidores optimistas, dispendiosos, máquinas sin autonomía que responden con obediencia a los estímulos de un mercado cicatero y voraz. Lo extraño es que los mismos spot que satanizan el mes de marzo nos vienen a ofrecer, como si el asunto tuviera alguna lógica, un nuevo préstamo de consumo para solucionar nuestras consuetudinarias deudas. El círculo vicioso es irritante: son los agentes que nos persuaden de comprar hasta que la tarjeta queda exhausta, quienes al vernos un poco asfixiados con tanto gasto junto, caritativamente nos lanzan un salvavidas que a la postre significa un 70% de interés acumulado, aproximadamente.
Lo peor de todo es que el mensaje de los avisos publicitarios es efectivo, y ahí vamos de nuevo a comprar aquello que no nos hace falta. Creo que el fenómeno en Chile –bastamente descrito por la sociológica- alcanza niveles delirantes. De hecho me parece que las mujeres de hoy –sí, ellas especialmente-, concurren a los centros comerciales con la misma devoción que nuestras abuelas acudían a la iglesia. El repique metálico de las campanas ha sido reemplazado por la voz en off que anuncia en televisión una oferta imperdible. Esta nueva fe, naturalmente, no puede ser más que un remedo mortecino de la experiencia religiosa, un intento fallido por aliviar el dolor o el vació o la angustia o la desesperación de una vida incompleta, tan precaria como la que nos tocó en suerte. Y si en el pasado se esperaba obtener la salvación y acceder al paraíso terrenal mediante largas sesiones de padrenuestros y avemarías, ahora, en un contexto mucho más inmanente y pragmático, la redención se consigue en el ritual eucarístico de digitar nuestra clave secreta de Redcompra o invocando en voz baja, y ante la ostensible molestia del vendedor, la beatífica trinidad de Mastercard: tres cuotas precio contado, amén.
De todos modos, soy un firme defensor de este vapuleado recinto: el mall. Puede sonar brutal, pero me parece liberador que todo se reduzca a puras y simples apariencias. Es seductora la idea de la imagen como nueva modalidad de diálogo, un diálogo equívoco, por supuesto, un simulacro de comunicación, apenas una tarjeta de presentación y un símbolo ambiguo de pertenencia y estatus, acaso la anhelada cúspide del sueño burgués: una convivencia funcional, reducida a meras formalidades.
Además, es conmovedora la fragilidad a que nos arrojan esos pasillos tan iluminados, pulcros, provistos de una asepsia improcedente, como si el consumidor se aprestara a ingresar a un quirófano y no a una tienda Levi's. La soledad traspasa las miradas ansiosas, somos ágiles islas programadas para consumir los únicos dos días que no debemos ir al trabajo. El espectáculo es algo chocante, y quizás por ello también seductor.
Recuerdo que en una de sus columnas, Roberto Merino –en mi modesta opinión, junto a Lemebel y Gumucio, los mejores cronistas de la actualidad- habla de esa ‘terrible ansiedad que lleva al solitario a mezclarse con el gentío de los lugares concurridos, en especial los lugares frívolos, donde le es posible captar algo de la vitalidad que irradian los demás, si bien sus risas, sus saludos y su juventud parecen estar a una distancia tan inalcanzable’. Y es cierto: como un regimiento triste y alienado, las pulsiones nos conducen ciegos por las galerías de un mall deseando todo cuanto vemos, incluso la belleza y liviandad ajena; somos unos fetichistas insólitos y moderados, que saben reprimir los impulsos ante una vitrina que refleja nuestra imagen primigenia, el rostro olvidado de la barbarie, las bestias de caza que han aprendido a encapsular sus deseos, ya bastante domesticados por los signos de la civilización.
He llegado a pensar que quizás nos contenga el aspecto panóptico de estos modernísimos centros comerciales. Parecemos siempre auscultados por una cámara de circuito cerrado, o acaso vigilados por la misma mujer de voz nasal que habla por los parlantes de vez en cuando, interrumpiendo el ritmo monocorde de esa música que se mezcla con el murmullo inagotable de los compradores. Creo que incluso influye la presencia de los guardias de seguridad, tan mal pagados y sin embargo respetuosos y llenos de modales, algo que dura sólo hasta que encuentran un sujeto donde sublimar su entendible resentimiento: un lanza de multitienda, un adolescente imprudente, un tipo que desentona por su pobre vestimenta y al que pueden seguir con indiscreción, haciendo evidente una desconfianza que probablemente, de andar de civil, recaería sobre ellos.
Pero como dije, no soy de los que disparan horrorizados contra el mall, uno de aquellos febriles talibanes de lo efímero que odian la comida rápida, los reality show, los placeres torpes y banales a que nos invita el mercado. Es más, hago esta absurda apología porque en el último tiempo acudo a estos ‘templos del consumismo’ con una frecuencia temeraria. Por lo menos para mí, que soy un pésimo comprador, es una buena forma de distraerme, una manera de sentirme parte de algo, no sé muy bien de qué, pero de algo que existe, que es real, que es pura imagen y fachada y simulacro, como lo es en mayor o menor medida todo lo que consideramos real.
Comentarios
Me parece refrescante leer una opinión distinta acerca del mall, los que de tan hipócritamente satanizados se han terminado por convertir en algo así como el beso de la muerte de los placeres urbanos. Me atemoriza de sobremanera cómo nos han sido creadas necesidades absolutamente falsas. Por lo demás, y me perdonaran las feminisas, pucha que es femenino eso de oir la palabra LiQUIDACIÓN y ser recorrida por un placentero cosquilleo.
Pese a todo lo repugnate y plástica que pueda resultar la cultura del mall, tiene la ventaja de homologar, de salvar ciertas distancias sociales. Da igual si se trata del Alto las condes o el plaza tobalaba, todos terminan por ser practicamente un clon el uno del otro, y es en la compra ansiosa que pijes y flaites terminan por obtener basicamente los mismos productos. Que paradójico.
Saludos señores del SieteJudas, estas iniciativas son las que debemos valorar e incentivar. Espero que sigan por el camino de la critica, el nihilismo, la duda, pues esta ultima es la que nos motiva en la vida a conocer la verdadera VERDAD.
el mall ha sido ocupado bastamente como alegorias de diversas calañas y talantes, en especial por la new horda de pensadores posmos que piensa en la imagen como forma mayoritaria de intercambio de simbolos y comunicación hoy en dia.
lo que pasa es que nuestra experiencia chilensis esta determinada por una serie de prejuicios sobre el tema, y creemos que un centro comercial es igual al consumismo desatado, es como don otto que quiere botar la cama porque descubrió a su señora culiando con otro, como si el objeto o soporte de nuestras acciones fueran lo mismo que las acciones. lo mismo ocurre con el mall, no es perverso en sí, como la comida rápida o los realitys, pero los asociamos con las costumbres dañinas de una sociedad desbordada por sus propios engendros.
no cabe duda que pueden tener en su interior algo un poco nefasto, pero es como culpar a la ciencia por las bombas y las armas de destruccion masiva, el mercado ofrece bienes que pueden llevarnos al placer o a cagarnos la existencia si los volvemos, objetualmente, nuestra fuente mayoritaria de dicha
el mall es la maldicion de este pais que consume como diez veces lo que puede y que manda a los cabros el fin de semana pa alla como si fuera un parque. no hay deporte conversacion ni na por eso, todo lo que pasa pasa por comprar una pilcha en zara. si hasta el cine esta en malls y hay que vitrinear y comerse algo pa ir a ver una pelicula
esto no es 'APOLOGÍA DEL MALL' sino 'APOLOGÍA DEL MAL', con una pura ele...
y si seguimos con metaforas religiosas, ir al mall es como confesarse con el cura tato
Hola a los judas!! soy una cuasi-periodista y buscando buscando di con esta revista... es bacán!! me gustaron particularmente los fucking losers... me sacaron la sonrisita irónica... genial!! ya po... sigan trabajando... seguiré leyendo pa' ver que más encuentro... chaos... Bárbara Vergara
el mall no es bueno ni malo eds una guea como todas no+ ke los otros despues se envicia de aburrido y esta bien cada uno ase lo quew kiere con la master ono?
Nada nuevo, desgraciadamente.
es bueno que alguien "admita" frecuentar el mall sin sentirse miserable por ello. y que se haga con distancia, sabiendo lo que es, sin engañarse. me parece que el columnista tiene razon cuando dice que esos espacios esconden ciertas verdades ocultas, que enseñan nuestra "precariedad y fragilidad", y tambien que, en general, muchas mujeres asisten a ellos como si fueran una iglesia.