El destino del ser como seducción
Según Baudrillard, la esencia desborda el sentido, la producción. Una seducción desalojada de su esencia es una seducción que nuevamente se enmascara. La pornografía no es seductora pues hay desenmascaramiento. Por ello también hay miedo a la seducción. El miedo es a raíz del poder que ostenta en nuestra cultura la producción. Miedo a seducir y ser seducido. Es lo que escapa de las leyes comunes, y por ello de la producción. De este modo se abre a la posibilidad de una reversibilidad. La seducción revierte las leyes de la producción, es así como actúa sobre ella. Algo se vuelve seductor cuando se sale de los canales de su propia esencia.
La muerte es parte de aquello de lo que la producción no puede hacerse cargo. Tampoco la producción en la filosofía da sentido a la muerte, lo que termina haciendo problemática su propia existencia. Hay un absurdo en la existencia. Pero este absurdo es seductor, pues hacemos todo lo que hacemos sin saber por qué, sin conocer el verdadero y último sentido de nuestras acciones. El intelectual se seduce ante esto que es inexplicable. El ser, la nada, la vida, la muerte, Dios nos seduce y al cabo no queda más remedio que entregarse al vértigo del vacío. El arte también es seductor. El sexo y el amor son cierta parte de la seducción, ya que el concepto de seducción es mucho más fundamental. La seducción puede verse en la filosofía, en la ciencia, en las artes. Pero tampoco hay que olvidar que el amor tiende a ser la fuente dispensadora de sentido que abarca a todos los demás, a ejercer una hegemonía sin contrapesos.
Para Baudrillard todo es seducción. Por ello el amor no existe. El “yo te amo” no es más que “yo quiero seducirte”. El destino del ser es la seducción. Hay un poder ontológico de la seducción. La seducción es el destino, no está en nuestras manos. En ella hay vértigo y un envite dual, ritual, artificial, es la práctica de un artificio. Con esto la rescata y le da preeminencia ya que de costumbre es mirada como algo subsumido en el amor o el sexo, aunque ambos, en definitiva, no sean más que una modalidad de la producción.
Vivir lo sexual como algo no sacro, nos empobrece. El autor también distingue entre regla (seducción, sin sentido, esotérico, sociedades arcaicas, juego) y ley (producción, sentido, exotérico, sociedad occidental, sexo / amor). El amor siempre se liga al sentido, y por lo tanto a la ley. Si nuestra sociedad occidental se atiene a leyes, las arcaicas a reglas. Las sociedades arcaicas habitan un mundo seducido. Hay un cosmos vivo, sacro, donde todo tiene vida. Y eso muestra que la seducción no es un guiño de ojo, una sonrisa, una palabra: los ríos caudalosos y los lentos atardeceres no pueden hacerlo y sin embargo nos seducen; también enseña que seducir es siempre ser seducido.
El absurdo seduce, lo que escapa a la producción de sentido. Hay absorción de los sentidos cuando acontece el absurdo. Hay una importancia radical de la mirada, y el vértigo que produce. Este, más que deseo, es abismo: un lugar donde nos sentimos perdidos. La mirada es abismal, abisal. Y esto no se debe al deseo, que es parte de la producción. El deseo está mediado por ella. Detrás del deseo está la seducción. “Todo sistema que se absorbe hasta que los signos no tienen sentido, seduce”, dice el autor. Es una máquina esotérica. Lo que tiene que ver con sistema es relativo a la producción, pero esos sistemas no son autosuficientes, y en cualquier momento pueden ser desalojados. Hasta Dios está envuelto en esta noción de sistema. Pero lo que rebasa al sistema y la producción, es la seducción.
Una belleza excesiva produce un contagio de signos y sentidos que impregna todo en derredor. Es algo que está absorto en sí mismo. Esta tan absorto en sí mismo, que desaloja sus sentidos. Todo queda marcado por esos signos. La absorción de sentido termina desparramando hacia fuera. La belleza excesiva se sume o extravía en el secreto, y asimismo absorbe lo que la rodea. Y es que todo secreto seduce. Esto se da ante todo en el propio seductor, apartándose y generando un vacío que es atractivo. El secreto seduce porque no es ninguno. El secreto es siempre la ilusión del secreto, es lo que no puede ser dicho pero circula. Hay secreto del secreto cuando alguien sabe algo de otro. No hay, y hay, secreto en nacer o morir. El secreto es una forma iniciadora, impulsiva, la imposibilidad de salir de sí.
“En el fondo de la seducción está la atracción por el vacío”, expresa Baudrillard. El juego se centra en la pasión por las reglas, eso es lo que seduce. Esas reglas, no obstante, o son sin sentido o se acercan a él o son esotéricas. También interesa el vértigo en el juego, donde lo importante es cuando se supera el cálculo y llega el destino, que es el “azar atascado”, o la simple posibilidad de que esto ocurra. La característica de la regla es no tener sentido, a diferencia de las leyes. La regla está absorta en sí misma así como apartada de sí misma.
El desafío es seductor, enloquece al otro, hace imposible dejar de responder, una relación dual que tiene una aplicación secreta. El desafío pone fin a un contrato y lo sustituye por un pacto. Hay signos secretos al margen del intercambio. Mientras que en el desafío hay un juego de agón, un desafío al otro en su fuerza, en sus habilidades, en la seducción es a la debilidad. Como el seductor es siempre seducido, deposita en el otro su propia fragilidad. Seducimos por nuestra fragilidad. En la producción se valora y se rige mediante la fortaleza. Seducimos por nuestra muerte, por nuestra vulnerabilidad, por el vacío que nos obsesiona. La muerte es la clave de la seducción. Todo lo que sea fuerte, como ocurre con los rascacielos inverosímiles de la metrópoli, seducen porque pueden caer. Algo seduce por su propia desaparición, por su propio vacío y muerte. Y el vacío, la muerte, la ausencia pueden considerarse como parte central del secreto.
Por todo esto, es posible afirmar que la seducción está siempre transformando las producciones de sentido. Y ver a la seducción como desvío no es restarle su carácter o estatuto ontológico, radical: la seducción es, por esencia, desvío de sentido. Nunca se queda atrapada en uno, más bien lo muta, lo desarticula, lo extiende así como lo traspasa.
Comentarios
me encantan tus lecturas. Me encanta tu escritura. I learn so much from you.