02 de 2006

Es todo culpa del calor

Por: Fátima Trevigiano | Perfil | mail Envía este artículo a un amigo

En el espejo se dibuja la imagen desaliñada de mis años.
Con un enfático gesto tomo mechones de pelo y me dispongo a cortarlos, a cercenarlos.

Lentamente el lavamanos se va cubriendo de manera irremediable con mis castaños cabellos, silentes testigos de cada uno de mis movimientos. Caen abatidos en la lucha, de antemano perdida, por recrear a una que no soy y que obviamente, nunca seré.
Si en un primer momento aquello que me mantuvo cautiva, de pie frente a mi reflejo fue el ciego y testarudo deseo de embellecer, ahora sólo me motiva el ansia por desaparecer, mermar, hacerme invisible y poder habitar en esa inexistencia, en la calma con que tanto sueño.

Pero hay ciertas aspiraciones que sencillamente son imposibles.
Hay marcas indelebles, señas hechas a hierro en el alma y el cuerpo, que me torturan despacito.

Hay mujeres perfectibles y otras que simplemente son como yo.
Frágiles, vulnerables y de belleza más bien tibia.
Vivimos condenadas a pasear con incertidumbre de liebres en tierras de amazonas.

Lee el blog de Fátima.



Comentarios

Nombre
Email
País
URL de tu sitio web


Mostrar mi email   Recordar mis datos

Notifiquenme cuando alguien comente en este artículo


Escribe la palabra que ves abajo: