Es todo culpa del calor
En el espejo se dibuja la imagen desaliñada de mis años.
Con un enfático gesto tomo mechones de pelo y me dispongo a cortarlos, a cercenarlos.
Lentamente el lavamanos se va cubriendo de manera irremediable con mis castaños cabellos, silentes testigos de cada uno de mis movimientos. Caen abatidos en la lucha, de antemano perdida, por recrear a una que no soy y que obviamente, nunca seré.
Si en un primer momento aquello que me mantuvo cautiva, de pie frente a mi reflejo fue el ciego y testarudo deseo de embellecer, ahora sólo me motiva el ansia por desaparecer, mermar, hacerme invisible y poder habitar en esa inexistencia, en la calma con que tanto sueño.
Pero hay ciertas aspiraciones que sencillamente son imposibles.
Hay marcas indelebles, señas hechas a hierro en el alma y el cuerpo, que me torturan despacito.
Hay mujeres perfectibles y otras que simplemente son como yo.
Frágiles, vulnerables y de belleza más bien tibia.
Vivimos condenadas a pasear con incertidumbre de liebres en tierras de amazonas.
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